
Los cuentacuentos irlandeses especializados en el mundo feérico recibían el nombre de
seanchai. Cada comarca tenía el suyo, hombre o mujer de avanzada edad, capaces de encantar a su audiencia con su voz, su gesto y su capacidad de transportar a los oyentes al
sidhe, mundo mágico irlandés. Después de que Irlanda recuperase su libertad, la Comisión de Folclore buscó a cualquier
seanchai que quedase en las áreas rurales más recónditas para recuperar esa valiosa herencia de cuentos tradicionales que, al igual que sus narradores, estaban a punto de extinguirse para siempre.
Aun recuerdan los expertos en este tipo de historias como una legión de jóvenes irlandeses, con más ilusión que medios, recorrieron los más tortuosos caminos en bicicleta con una rudimentaria grabadora que debían conectar a un pequeño generador que proporcionaba electricidad con los pedales de la bicicleta. El fruto de aquellos viajes reposa apaciblemente en los archivos del Trinity College de Dublín: más de dos mil volúmenes manuscritos, a los que hay que añadir los que resultaron de la siguiente iniciativa. Se pidió a los niños irlandeses que copiaran los cuentos de todo tipo que escuchaban a sus mayores.
Cabe destacar las historias recogidas por Sean Ó Echoaid, que en los años 40 y 50 recorrió todos los caminos de la provincia de Donegal recogiendo historias de unos 1500
seanchais, hasta el punto de recibir un doctorado honorario por parte de la Universidad de Irlanda. Él pudo comprobar que la creencia en los seres feéricos no era algo perdido en el pasado, ya que uno de sus mejores fuentes de información fue su propio abuelo, que, entre otras historias, contaba su propia experiencia de avistamiento feérico.